Gabriel Bosso / Jorge Cabrera (caminosdelvino)
Hay momentos en los que el vino deja de ser simplemente una bebida en una copa y se transforma en un puente directo hacia las emociones, las historias de vida y los lazos humanos más profundos.
El mundo del vino moderno suele estar dominado por la tecnología de vanguardia, los análisis milimétricos del terroir, las estrategias de redes sociales y los codiciados puntajes de los críticos internacionales. Sin embargo, quienes recorremos las rutas vitivinícolas sabemos que la verdadera esencia de un proyecto no radica en sus máquinas ni en sus medallas, sino en su gente. Las empresas tienen alma porque están hechas de personas, y cuando esa alma es transparente y genuina, se respira en el aire, se transmite en cada rincón y se siente en cada sorbo.
Esta certeza se materializó de forma inolvidable durante una reciente cena en el encuentro Iconos de Patagonia, en la provincia de Río Negro. Allí, en un ambiente de celebración y camaradería, tuvimos el enorme privilegio de conversar con una mujer extraordinaria que encarna la mística absoluta del proyecto familiar Viñedo Nant y Fall: la señora Maura Bianchi. A sus 80 años, Maura no solo es una de las propietarias de este rincón mágico, sino el verdadero motor espiritual y el alma máter de la bodega. Verla allí, compartiendo su pasión y su tiempo con una vitalidad envidiable, encendió una chispa de profunda admiración en todos los presentes y nos recordó por qué nos enamoramos tan profundamente de esta industria.

Lo que verdaderamente nos conmovió y nos dejó sin palabras fue descubrir la inmensidad del esfuerzo y el compromiso que había detrás de su presencia en esa noche. Maura no llegó en un vuelo confortable; viajó desde Trevelin hasta Río Negro en una camioneta cargada de cajas de vino y, sobre todo, repleta de proyectos, ilusiones y sueños. Estamos hablando de una distancia inicial que promedia los 800 kilómetros a través de las desafiantes rutas patagónicas.
Pero el viaje no terminaba ahí: junto a su hijo Sergio Rodríguez y su nieto Emmanuel, Maura iniciaba una ambiciosa gira de aproximadamente 20 días por distintas provincias de Argentina, planeando llegar hasta Santa Fe y Buenos Aires antes de emprender el regreso. Una travesía de más de 3.500 kilómetros en total, realizando degustaciones, presentaciones y reuniones en cada parada. Un ejemplo de vida arrollador, un liderazgo inspirador y un fiel reflejo de ese espíritu emprendedor italiano que, en su momento, tanto bien le hizo a la construcción y al desarrollo de la Argentina.

Una historia de resiliencia desde la Italia de posguerra hasta el sur argentino
La vida de Maura Bianchi es un reflejo de superación, herencia y un reencuentro inesperado con sus raíces a miles de kilómetros de su tierra natal. Nacida en Cordenons, un pueblo de la región de Friuli-Venecia Julia, en el noreste de Italia, Maura emigró a la Argentina a finales de la década de 1940 (entre 1948 y 1949), siendo apenas una niña de cuatro años que dejaba atrás las secuelas y el dolor de la Segunda Guerra Mundial.
El viaje hacia el nuevo continente lo hizo junto a su madre en un barco de bandera panameña, una travesía que en su memoria infantil quedó marcada por la confusión, la incertidumbre y la dificultad de la época. En Buenos Aires ya los esperaba su padre, quien había viajado con anterioridad para conseguir un trabajo digno y una vivienda, apoyado por la red de contención de una tía que ya se encontraba instalada en el país.

El camino de la docencia y el viaje definitivo hacia la Patagonia
Aunque pasó la mayor parte de su vida en Buenos Aires y el conurbano, Maura siempre sintió una fuerte e inexplicable atracción por Mar del Plata. Gracias a su profesión como docente, logró conseguir un traslado y se radicó en la ciudad balnearia, donde vivió y trabajó felizmente durante dos décadas.
Sin embargo, el destino le tenía preparado un cambio rotundo de paisaje y de aire. Hace 15 años, impulsada por el deseo de nuevos horizontes junto a su familia, decidió mudarse al corazón de la Patagonia, eligiendo como su nuevo hogar la hermosa y tranquila localidad de Trevelin, en la provincia de Chubut.
La conexión genética con la tierra y el nacimiento de Nant y Fall
Al llegar a Trevelin, la familia comenzó a evaluar qué proyectos productivos desarrollar en una zona de belleza imponente, pero de clima desafiante. De manera espontánea, y casi como si estuvieran guiados por un llamado de la genética, surgió la maravillosa idea de plantar un viñedo.
Para Maura, la relación con la tierra y la vid no era algo ajeno ni novedoso; sus abuelos maternos ya tenían viñas en Italia durante los tiempos de la guerra, las cuales cuidaban celosamente y a escondidas para poder realizar intercambios por alimentos esenciales. Aunque no llegó a conocer a sus abuelos debido al conflicto bélico, Maura siente en lo más profundo de su ser que el proyecto actual es una continuación y un homenaje a ese legado familiar.
Lo que comenzó como una aventura familiar sin imaginar la magnitud que alcanzaría con los años, hoy se ha consolidado como un verdadero éxito productivo y enoturístico: el Viñedo Nant y Fall. Maura confiesa con una sonrisa que jamás hubiera imaginado vivir frente a las parras en un rincón tan austral, pero hoy disfruta plenamente de abrir la cortina de su casa cada mañana y encontrarse directamente con el espectáculo del viñedo en todas las épocas del año.

La guía oficial que le escapa a la jubilación pasiva
Lejos de optar por una jubilación tradicional dedicada a tejer, coser o mirar la vida pasar, Maura encontró su verdadera pasión dentro de la empresa familiar trabajando codo a codo junto a su hijo Sergio y su nieto Emmanuel. Actualmente se desempeña con orgullo como la guía oficial de las visitas al viñedo, una tarea que la llena de satisfacción, vitalidad y la mantiene constantemente conectada con la gente.
Con 15 años de experiencia en el sector vitivinícola y una mirada sabia sobre la vida, Maura destaca siempre la importancia de mantener la mente abierta al crecimiento tecnológico y técnico. Asegura con firmeza que, en el vino como en la vida misma, siempre hay algo que mejorar y aprender si uno sabe escuchar con humildad la opinión de los demás. Su deseo para el futuro es claro y generoso: que el proyecto siga progresando y cosechando los días buenos que la Patagonia les regala.
El valor humano y los momentos de verdad en el turismo del vino
Cuando uno visita el Viñedo Nant y Fall, ubicado en un entorno paradisíaco sobre la Ruta 259 y muy cerca de la frontera con Chile, se respira un clima completamente diferente al de cualquier otra bodega. Se trata de una de las viticulturas más australes y extremas del planeta, donde se elaboran muy pocas botellas al año de manera artesanal (una producción exclusiva y cuidada de variedades de ciclo corto como Pinot Noir, Riesling, Sauvignon Blanc o Gewürztraminer).
Pero más allá de las particularidades técnicas de sus viñas y su sistema de control de heladas, lo que verdaderamente impacta al viajero es la cordialidad, la mística y el cariño con el que es recibido. Uno llega a esa casa y, sinceramente, se siente como en su propio hogar. Hay una educación y una ternura flotando en el ambiente que nos hacen volver a la esencia más pura de las relaciones humanas.
Ese estilo único y hospitalario está marcado a fuego por la presencia de Maura. La bodega recibe una gran cantidad de visitantes atraídos por su completa propuesta de enoturismo, que incluye visitas guiadas, gastronomía con productos de su propia huerta orgánica y alojamiento en su reconocido ecocamping. Es en ese primer contacto con el visitante donde se generan los verdaderos “momentos de verdad”. Maura se nutre de la energía y las historias de la gente, y los turistas se llevan el recuerdo imborrable de haber sido atendidos por una persona de una amabilidad y sabiduría descomunales.

Las bodegas e instalaciones pueden llegar a parecerse en sus estructuras o en sus tecnologías, pero lo que realmente las vuelve únicas e inolvidables en la memoria del viajero es el amor y el respeto con el que te reciben. Cuando un lugar te acoge con un afecto tan genuino, recordás ese momento para siempre, guardás con cariño el nombre del lugar y, consecuentemente, disfrutás muchísimo más de sus vinos. Se genera un vínculo emocional indestructible entre la etiqueta, la copa y las personas que están detrás de ella.
El ejemplo de los mayores como el verdadero legado para el futuro del vino
La incondicionalidad y el entusiasmo de Maura son el ejemplo más puro y noble a seguir. Las generaciones más jóvenes que hoy forman parte del proyecto familiar, y de la viticultura en general, tienen la inmensa fortuna de disfrutar y aprovechar la sabiduría de sus mayores, absorbiendo una escuela de valor incalculable que no se enseña en ninguna universidad. Aunque la tecnología avance a pasos agigantados y los algoritmos o las redes sociales definan tendencias comerciales, el corazón del vino siempre pasará por el afecto, el boca en boca y la confianza.
Al final del camino, uno termina recomendando y volviendo únicamente a aquellos lugares donde fue recibido con los brazos abiertos y con el alma expuesta. Lo más hermoso de este maravilloso universo del vino no son las botellas que acumulamos en una estantería o los puntajes que leemos en una revista, sino las personas que conocemos en el trayecto, los viajes que nos animamos a emprender, las charlas compartidas que se extienden hasta la madrugada y, por sobre todas las cosas, los lazos de amistad que se sellan para siempre alrededor de una copa. Brindamos por Maura Bianchi, por su hermosa familia en Trevelin y por recordarnos, con su ejemplo sobre ruedas, que en el vino y en la vida, el cariño sigue siendo el ingrediente más importante de todos.



