Buenos Aires: El despertar de un gigante dormido en el mapa del vino argentino

Por Jorge Cabrera (Caminos del Vino)

Hay algo que está pasando en la provincia de Buenos Aires y no es solo una tendencia pasajera; es un regreso a las fuentes, pero con una mirada técnica y profesional que sorprende. En una charla mano a mano con Renata Valgiusti, Directora de Horticultura, Fruticultura y Floricultura de la provincia, nos metemos de lleno en este fenómeno: la explosión de la vitivinicultura bonaerense, que en apenas cinco años ha duplicado sus proyectos, creciendo un 200%.

“Buenos Aires, allá por el antepasado siglo, ya era productora de vinos. Abastecía a la ciudad hasta que políticas de aquel entonces desplazaron la actividad hacia otras regiones. Hoy, el desarrollo fuera de Cuyo es una realidad, y Buenos Aires comienza a ser protagonista”, nos cuenta Renata con la claridad de quien gestiona parte de este renacer.

Una provincia, mil terruños

Lo que más impacta al recorrer la provincia no es solo la cantidad, sino la diversidad. No existe un único “vino de Buenos Aires”. La provincia es una inmensidad que alberga micro-regiones con identidades tan marcadas como sus paisajes.

Actualmente, Buenos Aires cuenta con 198 hectáreas declaradas ante el INV, pero lo más interesante es el mapa que se está dibujando:

  • Sudoeste (Río Colorado): Con epicentros en Villarino, Bahía Blanca, Tornquist (Sierra de la Ventana) y Dorrego.
  • Sudeste y Costa: Donde el carácter marítimo y las sierras de Tandil y Balcarce aportan una frescura única.
  • El histórico Berisso: Con su emblemático Vino de la Costa.
  • El Nuevo Norte: Mercedes, Ramallo, Campana (con la experiencia de Gamboa) y Luján. Productores pequeños, de 2 o 3 hectáreas, que están encontrando una veta enológica de gran calidad.

“Estamos construyendo la identidad local: la del vino de Tandil, la del mar, la de la sierra. Más allá del, buscamos calidad y que cada vino cuente la historia de su pueblo”, afirma Valgiusti.

Leonela Olivares (friticultura) y Renata Valgiusti

El “puente” Pupas: De la cocina al INV

Uno de los grandes aciertos de la gestión para fomentar el crecimiento de los productores caseros y artesanales ha sido el programa Pupas (Pequeñas Unidades Productivas Alimenticias).

Este programa funciona como un “aceite” para la burocracia: mediante un convenio con el INV, permite que pequeños elaboradores habiliten sus cocinas y emprendimientos, logrando así tener su propia etiqueta y existir legalmente en el mercado. Es el puente que permitió que muchos de los vinos que hoy probamos salieran del anonimato.

No solo de pan vive el hombre (ni solo de cereal vive la provincia)

Buenos Aires siempre fue vista como una provincia “serialera” y extensiva. Sin embargo, en el sur, los olivos están ganando un terreno increíble. “La zona de Coronel Dorrego es la capital del aceite de oliva. Incluso productores de Mendoza reconocen que nuestro aceite tiene una concentración y una capacidad antioxidante especial por el clima”, nos explican desde el equipo técnico.

Este entramado productivo se está uniendo en rutas gastronómicas. Así como ya camina la Ruta del Olivo, se está trabajando intensamente en el Camino del Vino bonaerense, vinculando el vino con los quesos locales y el turismo.

El desafío: Saberes propios y mano de obra local

Uno de los puntos más interesantes de la charla fue la formación. El equipo técnico de la provincia entiende que no se puede traer el “manual de Mendoza” y aplicarlo a ciegas en Buenos Aires, donde la humedad y las lluvias plantean desafíos sanitarios distintos.

“Necesitamos construir conocimiento propio. Por eso, junto al Ministerio de Trabajo, oficializamos el curso de Podador Frutícola. Queremos que la gente se capacite acá, que entienda nuestro clima y nuestras tareas culturales (poda, riego, fertilización) sin depender de profesionales de otras regiones”, explican desde la Dirección.


La mirada de Caminos del Vino

Caminar Buenos Aires es observar una provincia que se está redescubriendo a sí misma. Entre viñedos, olivos y quesos de campo, el vino bonaerense deja de ser una curiosidad para convertirse en una realidad con peso propio. El desafío es grande: lidiar con las derivas de los cultivos extensivos y profesionalizar cada vez más la técnica. Pero la pasión que se siente en las mesas vitivinícolas locales indica que esto recién empieza.

Como siempre decimos, el vino es paisaje en una botella. Y el paisaje de Buenos Aires tiene todavía muchísimas historias por descorchar.

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