Por Jorge Cabrera Caminos del Vino
Hay proyectos vitivinícolas que se leen en los libros de historia, y hay otros —quizá los más atrapantes— que se escriben día a día con convicción, coraje y un toque innegable de destino. Visitar Bodega Vista Grande, en pleno Valle de Calamuchita, es encontrarse con una de esas historias donde la pasión por el vino se entrelaza de manera inseparable con la vida misma.
Detrás de este rincón serrano están Daniela Martinelli y Milenko Stusek, una pareja que no solo comparte la vida y la gestión de la bodega, sino también una visión franca sobre la vitivinicultura cordobesa contemporánea.
Del aula en la pandemia al proyecto compartido
La historia entre Daniela y Milenko comenzó como comienzan muchas grandes alianzas en la industria: estudiando. Se conocieron en 2017 durante un cursado de la maestría en Viticultura y Enología en Mendoza. En aquel entonces, cada uno seguía su propio camino profesional —con pasos por Fecovita, experiencias de cosecha en California, Chile y la meca mendocina—.
Sin embargo, el destino tenía preparados otros tiempos. La pandemia de 2020 los reencontró en Argentina, cruzando proyectos y sumando kilómetros a través del eje San Juan, Mendoza y Córdoba. En medio de permisos de circulación y cosechas complejas, las largas charlas sobre vino acompañaron los viajes de Milenko desde San Juan para afincarse en las sierras. Así, su vínculo personal y profesional terminó de afianzarse. De aquella “fundación de pareja” nacida en plena incertidumbre de la cuarentena, surgió el impulso definitivo para tomar juntos las riendas de Vista Grande.

La génesis en Vista Grande: visión familiar y sello propio
El origen de la bodega se remonta a 2012, cuando el padre de Daniela —médico veterinario apasionado por el campo— decidió plantar las primeras 20 hileras de viñedo al pie de las sierras. Lo que empezó como un anhelo personal fue creciendo progresivamente hasta alcanzar 4 hectáreas iniciales en 2017, sumando otras 4 hectáreas en 2021 del otro lado de la ruta, sobre la base de las Sierras Chicas.
Tras sus primeras cosechas elaboradas en bodegas vecinas (2015-2017) y con la primera vendimia in situ en 2018, la bodega fue encontrando su rumbo técnico de la mano de profesionales como Gabriel Campana y Juan Manuel González.
El verdadero punto de inflexión generacional llegó entre 2021 y 2022, cuando Daniela —bióloga de formación que descubrió su verdadera vocación entre viñedos y bodegas en Francia— y Milenko asumieron la conducción total del emprendimiento. En 2023 consolidaron formalmente la sociedad, imprimiendo un estilo dinámico y enfocado en la máxima calidad posible que el terruño puede entregar.

Un clima indomable: el carácter del Valle de Calamuchita
Hacer vino en Córdoba exige una interpretación fina del año. A diferencia de la estabilidad climática de la región de Cuyo, Calamuchita presenta una variabilidad marcada entre añadas: oscilaciones de lluvias, sequías y cambios térmicos que desafían la creatividad de cualquier enólogo.
“Acá el clima te condiciona y te exige escuchar cada cosecha. Nunca vas a tener dos años iguales, pero eso también es lo maravilloso: logramos vinos de graduación alcohólica moderada, con acidez natural fresca y una expresión aromática muy viva que dialoga perfectamente con el consumidor actual.” Milenko
Con un abanico varietal en el que las uvas blancas representan entre el 30% y el 40% del viñedo (Chardonnay, Sauvignon Blanc, Viognier y sorprendentes adaptaciones de Roussanne y Marsanne con las que elaboran su aclamado vino Naranjo), Vista Grande demuestra que Calamuchita tiene una vocación blanca de perfil atlántico o serrano verdaderamente sobresaliente.

La realidad del vino cordobés: entre el potencial y el desafío comercial
Hablar con Daniela y Milenko es también adentrarse en la radiografía real de las regiones emergentes en Argentina. Producir alrededor de 15.000 botellas propias al año implica lidiar con estructuras de costos desafiantes: el flete de fraccionamiento, la logística de insumos (botellas, corchos y barricas) traídos desde Cuyo y rendimientos naturales bajos en la zona (en torno a los 5.000 kg por hectárea).
A esto se le suma un paradigma cultural que la región aún intenta destrabar: la necesidad de que el propio cordobés y la gastronomía local adopten con orgullo el vino de su provincia.
“Es un trabajo pedagógico de todos los días. A veces nos encontramos con prejuicios o desconocimiento local, mientras que turistas internacionales o de otras provincias se sorprenden con la elegancia de los vinos de la zona. Córdoba está en pleno proceso de consolidación de su identidad vitivinícola, y para eso hay que educar el paladar y romper mitos.” Daniela
Enoturismo con alma y proyección de futuro
Para sortear las barreras de la distribución tradicional, Vista Grande apostó fuerte al enoturismo directo. Lo que comenzó como visitas guiadas simples fue evolucionando hacia una propuesta integral que hoy incluye un restaurante de bodega con chef propio, maridando la producción propia con la gastronomía serrana.
Hoy, la bodega vende el 80% de su producción directamente en su finca, consolidando además alianzas de distribución en el sur del Valle de Calamuchita y proyectando sus etiquetas hacia consumidores que buscan autenticidad, paisaje y vinos con relato real.
Vista Grande es, en definitiva, el reflejo de la nueva vitivinicultura argentina: proyectos de escala humana, conducidos por profesionales apasionados que no le temen a los desafíos de la geografía y que demuestran, copa a copa, que en las sierras de Córdoba se están haciendo grandes vinos con presente y mucho futuro.



