Marcelo Marteau: El enoArqueólogo de Patagonia

Según sus propias palabras, se levantó de una siesta, salió con el auto desde la casa y se dirigió hasta la arrumbada Bodega la Falda, un antigua Bodega de 1910 hoy asediada por el “desprogreso” urbano, de Cipolletti. Dejo un papel pegado en el portón de entrada con cinta, que decía “llamame”, con la esperanza que los propietarios de la bodega lo vean y lo llamen. Y lo llamaron.

Reciclar una antigua bodega, utilizando, fortaleciendo y resaltando antiguos elementos para que sean funcionales no solo a la decoración, sino que sirvan para ser parte de un servicio no es nada sencillo. Requiere de técnica y de buen gusto para no caer en el cliché aburrido de la barrica como mesita.

Y salvo la Bodega de Humberto Canale y el aun proyecto de Antigua Bodega Patagónica (que hablaremos en otro artículo) no hay casos de revalidación de patrimonio cultural como este, es más, hace mucho tiempo que el mundo del vino no inaugura nada importante y menos de este calibre.

El renacer del vino en el Alto Valle de Río Negro revive la histórica bodega La Falda de 1910 y se convierte en apenas unos meses en el nuevo ícono enoturístico de la Patagonia. Y seamos sinceros, si no hubiese sido por que se levantó de la siesta probablemente la hubiesen demolido pasando al olvido tan importante edificio.

Tras un año de intensas obras de restauración, esta maravilla histórica de Cipolletti reabre sus puertas reconvertido en un fenómeno social. Una apuesta familiar que fusiona mística patrimonial, gastronomía clásica con “vuelta de tuerca” y proyección internacional.

En la multipremiada Titanic de James Cameron, la ya anciana Rose, ve por video como el mini robot submarino llega a meterse por la proa del barco y en un juego de efectos especiales maravillosos vemos como las arrumbadas imágenes del difunto barco van recobrando vida y así dan comienzo a una de las grandes escenas. Fue la misma sensación, es como entrar en ese túnel del tiempo y revivir el esplendor de la época.

Ahí, donde las historias de los inmigrantes se mezclan con los canales de riego y las alamedas, el patrimonio histórico de Río Negro acaba de recuperar una de sus joyas más preciadas, esa misma que nació como caballeriza y luego funcionó como bodega. Ahora volvió no como un museo estático, sino como un vibrante complejo enoturístico y gastronómico que promete mover el tablero del turismo en la Patagonia.

El proyecto, que demandó un año entero de restauración profunda durante 2025, es el resultado de una audaz apuesta familiar liderada por los productores de la marca de vinos Gérôme Marteau (con 18 años de trayectoria en la región). A solo cinco meses de su apertura formal, el espacio ya se ha transformado en un verdadero fenómeno social.

Respeto al pasado, confort del presente

Aun atónitos, en su entrada, Marcelo nos habló del legado de Ing. Cipolletti, y de todas esas personas que no venían a hacer negocios sino a formar naciones completas, trabajando encendidamente por la comunidad sin esperar nada a cambio

La puesta en valor de esta hectárea histórica esquivó las recetas tradicionales de los grandes estudios de arquitectura. Guiados por la pasión, el sentido común y un diseño lumínico estratégico, sus propios dueños decidieron preservar la esencia original de la estructura.

“El norte siempre fue mantener un equilibrio perfecto entre la mística histórica y la modernización. Nos sugirieron tirar techos y romper paredes, pero nos plantamos en no alterar nada”, no explica Marcelo Marteau director del proyecto.

Para lograrlo, se implementaron soluciones de ingeniería invisible: se construyó un “doble techo” que garantiza el aislamiento térmico y la climatización moderna sin tocar las vigas ni las texturas centenarias. El resultado es una atmósfera imponente, donde los antiguos toneles dialogan con una iluminación diseñada para resaltar la belleza del paso del tiempo.

Gastronomía con sentido común: el punto medio entre lo clásico y lo gourmet

El restó del complejo, con capacidad para cerca de 90 comensales en el interior y un número similar en sus patios, huye de las cartas pretenciosas o indescifrables. Su propuesta se define como un “punto intermedio”: cocina clásica, arraigada al paladar y a la identidad local, pero con una ejecución técnica impecable y una vuelta de tuerca en el emplatado y los sabores. Cortes icónicos como la entraña conviven con recetas que buscan el ensamble perfecto con los vinos de la casa.

Además de la propuesta a la carta, el gran diferencial del proyecto son sus experiencias enoturísticas:

  • Visitas guiadas nocturnas: Un circuito que explota el potencial escénico de la bodega iluminada. Comienza con estaciones de tapeo y degustación técnica en el interior, continúa con el plato principal servido literalmente entre los toneles históricos y culmina bajo las estrellas, disfrutando de espumantes debajo de los parrales.
  • Perfil corporativo y “Sunsets”: El espacio ha decidido resguardar su patrimonio rechazando eventos masivos tradicionales (como bodas o fiestas de 15), volcándose de lleno a los desayunos y almuerzos empresariales, y a eventos de ambientación con DJs de formato chill out.

De Cipolletti al mundo: el desafío de pensar la Patagonia en grande

Aunque el proyecto nació pensado para la comunidad local, el impacto de su escala ya llamó la atención de los operadores turísticos de Buenos Aires. Actualmente, el establecimiento ya está siendo comercializado ante agencias internacionales como la parada obligada en la Patagonia dentro de los circuitos de alta gama que conectan destinos consolidados como Mendoza y Salta.

Sin embargo, para sus impulsores, el éxito a largo plazo dependerá de un cambio de mentalidad regional. El proyecto levanta la bandera de la integración, invitando a los actores públicos y privados de Neuquén, Río Negro y Chubut a “abrir el juego” y dejar de lado el enfoque local para repensar el enoturismo como una gran metrópolis conectada.

Hoy la bodega La Falda vuelve a la vida de la mano del intrépido Marcelo Marteau, el enoArqueólogo de la Patagonia.

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