En una charla íntima para Caminos del Vino, dialogamos con el gran pionero y refundador de la vitivinicultura moderna en Neuquén. Un recorrido que va desde la crisis frutícola de fines de los noventa hasta la consolidación de Bodega Malma, la defensa férrea de la marca regional y la búsqueda inquebrantable de la identidad neuquina.
El nacimiento de un pionero: Del desierto a la vid
La historia del vino moderno en San Patricio del Chañar, Neuquén, no se puede escribir sin el apellido Viola. Corría el año 1999 cuando lo que hoy conocemos como un oasis vitivinícola era apenas un proyecto impulsado por la necesidad, el riesgo y la visión de un hombre que supo leer el suelo sureño.
“Plantamos las primeras vides en el 99”, rememora Julio Viola con la perspectiva que dan casi tres décadas de trayectoria. “Nosotros teníamos el campo y habíamos empezado con un desarrollo frutícola. En ese momento, una de las tantas crisis de la fruticultura nos obligó a buscar alternativas. Plantamos cereza, grosella, frutilla… y apenas 3 hectáreas de vid. Ahí arrancó todo: el enamoramiento absoluto del viñedo”.
Ese flechazo inicial devino en una de las epopeyas industriales más impactantes de la región. Para el año 2002, Viola inauguraba formalmente Bodega Del Fin del Mundo, un proyecto que rápidamente escaló a volúmenes impensados para una zona emergente, llegando a manejar en su momento de apogeo estructuras preparadas para 10 millones de botellas.

Crisis globales, alianzas estratégicas y el nacimiento de Malma
El crecimiento fue vertiginoso, pero el negocio del vino exige espaldas financieras colosales debido a que el ciclo de recupero de la inversión inicial es sumamente largo y demanda un enorme esfuerzo en capital de trabajo. Julio recuerda el punto de inflexión del gigante patagónico:
- El boom y el contrato millonario: Antes del estallido financiero global, la bodega había cerrado un acuerdo histórico con un importador norteamericano respaldado por una corporación gigante. Era un contrato por una cantidad “espantosa” de dólares y vino por año.
- El colapso de Lehman Brothers (2008): Con la caída del banco norteamericano, el crédito desapareció en todo el mundo y el importador se presentó en convocatoria de acreedores. La bodega quedó stockeada, con la mercadería varada en EE. UU. y sin poder recuperar el capital. “Caminabas por las paredes. O encontramos un socio, o íbamos a un proceso concursal”, confiesa Viola con crudeza.
- La alianza con Eduardo Eurnekian: La solución llegó de la mano de las relaciones empresariales de Julio. Tras coincidir en misiones comerciales internacionales (como las reuniones del comité de comercio Rusia-Argentina en Moscú, donde Viola oficiaba de secretario), surgió la sociedad con el grupo de Eurnekian hacia 2008/2009. Juntos adquirieron también la vecina bodega NQN (hoy Malma) entre 2010 y 2011.
Finalmente, en 2019, se produjo la división societaria definitiva: el Grupo Eurnekian se quedó con Del Fin del Mundo, mientras que la familia Viola concentró toda su energía, alma y concepto en Bodega Malma.

La identidad patagónica: El verdadero desafío comercial
Para Viola, el futuro de la Patagonia es brillante (ostentando el promedio de valor por caja de exportación más alto del país), pero el verdadero cuello de botella no es técnico, sino cultural. El consumidor local debe apropiarse del vino de su tierra, tal como sucede en las provincias históricas del vino argentino.
“A mí, más que el turismo, lo que me preocupa es la identidad de la población. Si vas a comer a Salta, San Juan o Mendoza, el 90% de los vinos en las cartas, vinotecas y supermercados son locales. Hay un orgullo por lo propio. En la Patagonia todavía tenemos que construir ese arraigo”.
Este fenómeno se complejiza aún más debido al crecimiento demográfico explosivo que vive Neuquén de la mano de desarrollos como Vaca Muerta, atrayendo a cientos de miles de nuevos habitantes de otras culturas y países. El desafío de las bodegas es generar comunidad y orgullo de origen.
En el restaurante de Bodega Malma, la regla impuesta por Julio es inquebrantable: “Está prohibido usar cualquier elemento que no sea patagónico. Desde el aceite hasta la sal o las verduras: todo lo que se pueda abastecer localmente, tiene que ser de nuestra tierra”.

La batalla legal por la marca “Patagonia”
Uno de los puntos más encendidos de la charla fue la histórica disputa legal para proteger el nombre de la región ante los gigantes globales. Junto a otros pioneros de la zona, como Guillermo Barzi (de la centenaria Bodega Humberto Canale de Río Negro), Viola dio una pelea feroz para que el nombre “Patagonia” se reconociera estrictamente como Indicación Geográfica (IG) y no como una marca privada.
- El enemigo corporativo: La batalla se libró contra titanes internacionales como Viña Concha y Toro (que registró la marca en diversos mercados mundiales) e incluso intentos de la multinacional cervecera Quilmes con su marca de cerveza.
- La postura regional: “Es una pelea dispar y muy costosa, pero la vamos ganando de a poco. No te podés adueñar de una región. Vos no podés ir a ponerle a un vino ‘La Rioja’ o ‘Champagne’ si no es de ahí. Con el apoyo de los gobiernos provinciales y nacionales, en Argentina logramos frenarlos, aunque en Chile llegaron a sacar un vino con el nombre de nuestra región”.
Hoy, su hija Ana Viola ha tomado esa bandera con una defensa a capa y espada, viajando y trabajando incansablemente para resguardar el patrimonio del vino sureño.

El estilo familiar y los vinos icónicos
Al ser consultado por su vino ícono como consumidor, Julio Viola evita las posturas corporativas y se refugia en la emoción y el legado familiar. Tras haber trabajado durante años con asesores de la talla de Roberto de la Mota y la entrañable figura del célebre consultor francés Michel Rolland (incorporado en 2005 y recordado con un profundo afecto amistoso), hoy los vinos se definen puertas adentro.
- Decisión de la Familia Viola: “Hace años que vamos sin consultores externos. Desde el punto de cosecha hasta los cortes finales que van a las barricas, todos participamos activamente en familia con Lucas Quiroga, nuestro enólogo. Malma es familia, por eso el estilo es puramente nuestro”.
- Sus etiquetas más amadas: Aunque el mercado destaca sus diferentes líneas, el corazón de Julio late por el origen de los grandes tintos y blancos de Malma. Recuerda con especial orgullo las líneas de alta gama, coronadas por Universo y su histórico predecesor, El Comienzo, además del emblemático e inolvidable Chardonnay concebido junto a Rolland.
“Siempre trabajamos pensando que nuestro mejor vino es el que viene, el que todavía no se hizo”, concluye Julio Viola, con la mirada de quien vio nacer un viñedo en el desierto neuquino y hoy contempla un legado imborrable para la vitivinicultura argentina.




